La madre de este niño estaba en ese instante enrollando sus cabellos frente al espejo del baño y recordó lo que una cocinera le contara de su tiempo de orfanato. Al no tener una muñeca con qué jugar, y ya la maternidad pulsando terrible en el corazón de las huérfanas, las niñas más despiertas habían escondido de la monja, la muerte de una de las chicas. Guardaron el cadáver en un armario hasta que salió la monja, y jugaron con la niña muerta, le dieron baños y comiditas, le impusieron un castigo solamente para después poder besarla, consolándola. De eso se acordó la madre en el baño y dejó caer las manos, llenas de horquillas. Y consideró la cruel necesidad de amar. Consideró la malignidad de nuestro deseo de ser felices. Consideró la ferocidad con que queremos jugar. Y el número de veces en que habremos de matar por amor. Entonces, miró al hijo sagaz como si mirase a un peligroso desconocido. Y sintió horror de su propia alma que, más que su cuerpo, había engendrado a aquel ser apto para la vida y para la felicidad.
Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
Por no estar distraídos
Había la levísima embriaguez de andar juntos, esa alegría, como cuando se siente la garganta un poco seca y se ve que por admiración se estaba con la boca abierta. Respiraban de antemano el aire que estaba delante y tener esa sed era su propia agua. Andaban por calles y calles hablando y riendo, hablaban y reían para dar peso a la levísima embriaguez que era la alegría de su sed. A causa de los coches y de la gente, a veces se tocaban, y a ese contacto -la sed es la gracia, pero las aguas son de una belleza oscura-, y a ese contacto brillaba el brillo de su agua, la boca un poco más seca de admiración. ¡Cómo admiraban estar juntos!
Hasta que todo se transformó en no. Todo se transformó en no cuando ellos quisieron esa misma alegría suya. Entonces la gran danza de los errores. El ceremonial de las palabras poco acertadas. Él buscaba y no veía, ella no veía que él no había visto, ella que estaba allí, sin embargo. Sin embargo él, que estaba allí. Todo fue un error, y había la gran polvareda de las calles, y cuanto más se equivocaban, más querían con aspereza, sin una sonrisa. Todo sólo porque habían prestado atención, sólo porque no estaban lo bastante distraídos. Sólo porque, de repente, exigentes y duros, quisieron tener lo que ya tenían. Todo porque habían querido darle un nombre; porque quisieron ser, ellos que eran. Aprendieron entonces que, si no se está distraído, el teléfono no suena, y que es necesario salir de casa para que la carta llegue, y que cuando el teléfono finalmente suena, el desierto de la espera ya ha cortado los hilos. Todo, todo por no estar más distraídos.
Los hermanos Besley entraron en un café cercano. Se sentaron en taburetes alineados frente a la ventana, mirando los desolados jardines del Boston Common. Se pusieron al día hablando tranquilamente, entre plácidos silencios, mientras consumían los bollos y el café. Jerome -despues de dos meses de tener que esforzarse en ser ocurrente y brillante en una ciudad extraña, entre extraños- saboreaba esa tranquilidad. La gente suele hablar de los felices silencios de los enamorados, pero también daba gusto estar sentado al lado de tus hermanos, sin decir nada, comiendo. Antes de que existiera el mundo, antes de que se poblara, antes de que hubiera guerras y empleos y estudios y películas y ropa y opiniones y viajes al extranjero… antes de todas estas cosas, había sólo una persona, Zora, y sólo un lugar: una casa hecha con sillas y sábanas en la sala. Y al cabo de unos años llegó Levi, y le hicieron un hueco; era como si siempre hubiera estado allí. Ahora, al mirarlos, Jerome se veía a sí mismo en los nudillos de sus dedos, en el fino contorno de sus orejas, en sus largas piernas y en sus rizos rebeldes. Y se oía a sí mismo en el leve ceceo causado por la vibración de una lengua recia en unos dientes casi imperceptiblemente protuberantes. No se detenía a pensar si los quería, ni en el cómo, ni el porqué. Ellos eran amor, simplemente: la primera prueba que había tenido de la existencia del amor, y serían la confirmación última del amor, cuando todo lo demás se perdiera.
El amor entre el joven y su madre resultaba extrañamente imperceptible ahora. Del amor se puede afirmar que mientras menos terrenal, menos demostrativo es. En su forma absolutamente indestructible, alcanza una profundidad en que toda exhibición del mismo resulta penosa. El de madre e hijo era así. Si alguien hubiera escuchado las conversaciones que sostenían, habría dicho: “¡Con qué frialdad se tratan!”
Esto es algo sobre lo que he reflexionado mucho y encontrarlo expresado en un libro de una manera tan sencilla y tan certera es un gran consuelo.
Y entonces sentí un gran deseo de comunicar la paz o la felicidad, esa peligrosa palabra que no debe pronunciarse y que de pronto había llegado a mí. Pero sólo se me ocurrió apretarle la mano. Lo hice una sola vez, y casi al instante él me devolvió el apretón: lo hizo dos veces. Los dos mirábamos hacia el cielo casi blanco, y con otro apretón de manos volví a decirle que le quería. Me respondió de la misma forma. Creo que nunca, ni antes ni después, he mantenido con nadie una conversación más íntima, más explícita. Ni tan bella. Aquel parque solitario, aquel hombre y aquella niña solitarios, aquel vagar sin rumbo y aquel silencio. Un parque sin gentes, cubierto de nieve, un estanque de cristal, y la ausencia de palabras, y de ruidos -si hubiera caído la última hoja del último árbol de invierno, la habríamos oído- para no romper la conversación muda que habíamos inventado entre los dos, mano a mano.
Hace unos días en un autobús que viajaba de noche entre dos ciudades distantes, tuve que apagar a toda prisa la luz sobre mi cabeza para que nadie me viera llorar después de leer este párrafo. Estuve un rato a oscuras, en silencio, tratando de contener las lágrimas y la vergüenza. Pero hoy vengo aquí a contarlo y a justificarme tal vez. A explicarle al mundo que a veces es bueno y sano y alivia el alma llorar con los libros.
(via quellequaintrelle)
Ocurre una cosa muy curiosa en este mundo de ahora. En los tocadores de las discotecas se oye a chicas que dicen: “Sí, me folló y me plantó”. No me quería. Era incapaz. Estaba muy jodido para saber querer”. Bueno, ¿qué es lo que ha pasado? ¿Qué tiene este poco adorable siglo para hacernos pensar que, a pesar de todo, somos adorables como personas, como especie? ¿Qué nos hace pensar que, si alguien no puede querernos, es porque está discapacitado en cierta manera? Y, si nos sustituyen por un dios, una virgen dolorosa o la cara de Cristo en una ciabatta, los llamamos locos. Ofuscados. Regresivos. Estamos tan convencidos de nuestra bondad y de la bondad de nuestro amor que no podemos soportar la idea de que pueda haber algo más digno de ser amado que nosotros, más digno de adoración. Las tarjetas de felicitación nos dicen rutinariamente que todo el mundo merece amor. No. Todo el mundo merece agua limpia. Pero no todo el mundo merece amor continuamente.