Ella había calmado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía elegir por el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado todo. A través de la piedad a Ana se le aparecía una vida llena de náusea dulce, hasta la boca.
“El Topo” es uno de mis libros preferidos. Qué ganas de ver la adaptación.
Los hermanos Besley entraron en un café cercano. Se sentaron en taburetes alineados frente a la ventana, mirando los desolados jardines del Boston Common. Se pusieron al día hablando tranquilamente, entre plácidos silencios, mientras consumían los bollos y el café. Jerome -despues de dos meses de tener que esforzarse en ser ocurrente y brillante en una ciudad extraña, entre extraños- saboreaba esa tranquilidad. La gente suele hablar de los felices silencios de los enamorados, pero también daba gusto estar sentado al lado de tus hermanos, sin decir nada, comiendo. Antes de que existiera el mundo, antes de que se poblara, antes de que hubiera guerras y empleos y estudios y películas y ropa y opiniones y viajes al extranjero… antes de todas estas cosas, había sólo una persona, Zora, y sólo un lugar: una casa hecha con sillas y sábanas en la sala. Y al cabo de unos años llegó Levi, y le hicieron un hueco; era como si siempre hubiera estado allí. Ahora, al mirarlos, Jerome se veía a sí mismo en los nudillos de sus dedos, en el fino contorno de sus orejas, en sus largas piernas y en sus rizos rebeldes. Y se oía a sí mismo en el leve ceceo causado por la vibración de una lengua recia en unos dientes casi imperceptiblemente protuberantes. No se detenía a pensar si los quería, ni en el cómo, ni el porqué. Ellos eran amor, simplemente: la primera prueba que había tenido de la existencia del amor, y serían la confirmación última del amor, cuando todo lo demás se perdiera.
Pero por qué no conocía yo esto? Es como para tatuárselo en la espalda.
¿te los sabías?
1. El derecho a no leer.
2. El derecho a saltarnos las páginas.
3. El derecho a no terminar un libro.
4. El derecho a releer.
5. El derecho a leer cualquier cosa.
6. El derecho al bovarismo.
7. El derecho a leer en cualquier sitio.
8. El derecho a hojear.
9. El derecho a leer en voz alta.
10. El derecho al silencio.
El amor entre el joven y su madre resultaba extrañamente imperceptible ahora. Del amor se puede afirmar que mientras menos terrenal, menos demostrativo es. En su forma absolutamente indestructible, alcanza una profundidad en que toda exhibición del mismo resulta penosa. El de madre e hijo era así. Si alguien hubiera escuchado las conversaciones que sostenían, habría dicho: “¡Con qué frialdad se tratan!”
Esto es algo sobre lo que he reflexionado mucho y encontrarlo expresado en un libro de una manera tan sencilla y tan certera es un gran consuelo.
Qué pena que mi libro ya esté editado, si no, me vería obligada a copiar la genialidad de esta contraportada. Pertenece a este libro.